¿Cómo va la historia de la pandemia?


"¡Poderoso e imponente es el espíritu humano! Es tan capaz de construir como de destruir. (...) Durante la epidemia de gripe que estalló en la Primera Guerra Mundial, el alcalde de Nueva York tomó medidas drásticas para frenar el daño que la gente estaba haciendo con su miedo innato a la enfermedad. Llamó a los periodistas y les dijo: "Señores, debo pedirles que no publiquen titulares alarmistas sobre la epidemia de gripe. Si no colaboran conmigo, nos encontraremos en una situación incontrolable". Los periódicos dejaron de publicar noticias sobre la gripe, y en un mes la epidemia estaba controlada. En una serie de experimentos realizados hace algunos años, se demostró que la gente puede enfermar por sugestión "

NAPOLEÓN HILL (1883-1970). Escritor estadounidense y asesor de presidentes como Franklin D. Roosevelt. El texto anterior es de 1937.

"No las hambrunas, ni los terremotos, ni los microbios, ni el cáncer, sino el hombre mismo es el mayor peligro del hombre y para el hombre, por la sencilla razón de que no hay protección contra las epidemias psíquicas, que son infinitamente más devastadoras que los peores desastres naturales."

CARL JUNG (1875-1961). Psiquiatra suizo.

Prefacio

Una inquietante pérdida del sentido del olfato

El sentido del olfato siempre ha sido el que más se ha asociado a nuestra capacidad de adivinar situaciones tras el velo del engaño y de reconocer la verdad de las cosas de forma espontánea. Cuando percibimos intuitivamente que algo está mal, decimos "huele mal" o "huele mal". No decimos "tiene mala pinta", "sabe mal" o "suena mal". También utilizamos la expresión "hay un gato en la casa" cuando nos damos cuenta inmediatamente de que hay algo más detrás de la apariencia exterior, y con esta expresión queda claro que el sentido del olfato implicado cuando un gato está encerrado en un lugar es el sentido del olfato, no otro, porque la expresión se inspira sin duda en el penetrante e inolvidable olor de las heces de gato. Se sabe que el olfato está fuertemente asociado al hemisferio derecho del cerebro, responsable de las funciones intuitivas, imaginativas y subconscientes; los fabricantes de perfumes siempre han aprovechado este conocimiento.

También está relacionado con los instintos, es quizás el sentido que aún mantiene vivas las etapas de desarrollo en las que éramos pequeños animales y vivíamos en armonía con la naturaleza. En la pandemia de Covid19 se ha señalado repetidamente que uno de los síntomas más importantes es la pérdida aguda del olfato. Aparte del hecho de que es un síntoma tan común en todo tipo de resfriados o estados gripales, siempre me llamó la atención su alto valor simbólico.

La gente ha perdido realmente el sentido del olfato. Vivimos en una verdadera epidemia de personas que han perdido la capacidad de intuición, de conocimiento inmediato, directo y prerracional de la verdad de las cosas.

Esto, por supuesto, es la otra cara de la hipertrofia de la lógica, de los datos caóticos y arbitrarios que no dicen nada, de la mente racional y sensual, del hemisferio izquierdo. La cuestión es que ese crecimiento unilateral y exagerado no ha hecho a la gente más inteligente, sino todo lo contrario.

La verdadera inteligencia proviene de saber utilizar los dos hemisferios del cerebro en un equilibrio dinámico y delicado, para que cada uno pueda aportar su propia manera de entender las cosas. Y no suprimiendo uno en detrimento del otro. La atrofia general de la capacidad de intuición o conocimiento instintivo es otro síntoma de nuestro desarraigo de la naturaleza. En otras palabras, es una pérdida endémica del sentido común. Y es una condición necesaria para creer la historia pandémica de que ya se ha perdido el sentido del olfato.

Nada se cierra, pero eso no importa

¿Por qué tengo la audacia de llamar a esta pandemia una historia? ¿En qué me baso para hacer tal afirmación?

Bueno, no me baso en el cientificismo, que se declara como oficial hoy en día, sino en la ciencia. Pido al lector que tenga paciencia. Trataré de explicarlo. No se ha cerrado absolutamente nada desde que comenzó esta pandemia. Se nos dijo que era un virus con una tasa de mortalidad incluso inferior a la de la gripe estacional. Se nos dijo que sólo las personas de los sectores considerados "de riesgo", los ancianos y los enfermos crónicos, estaban gravemente afectados, como ocurre con todas las enfermedades en general.

Se nos dijo que los niños no estaban afectados ni infectados, que eran completamente inmunes. Luego, cuando vimos las cifras, las estadísticas reales, vimos que el número de muertos era increíblemente pequeño, nada podía justificar una paranoia tan extendida.

Todos nos preguntamos por qué las enfermedades que causaban un número alarmante de muertes en todo el mundo, como la epidemia de cáncer, no se habían tratado antes con esta obsesión. Nos preguntamos por qué, si era más inofensiva que la gripe común, no se cerraba todos los años un país entero o el mundo entero por la gripe o por cualquier otra enfermedad que se justificara. Cierres que destruían economías, matrimonios y planes de vida, y sumían a familias enteras en la ruina material y espiritual.

Nos preguntamos por qué el remedio hacía infinitamente más daño que la enfermedad y por qué seguían insistiendo en él contra toda evidencia. Y siguen insistiendo.

Nos preguntamos por qué no se ponía en cuarentena a los grupos de riesgo para protegerlos mientras nosotros producíamos la inmunidad de rebaño que todo médico sabe que es infalible y sin contraindicaciones simplemente haciendo nuestra vida como siempre. Y ahí se acabó el asunto. Y en cuanto a los médicos y científicos, nos molestó la forma en que no se tuvo en cuenta a grandes expertos de todo el mundo, con largas carreras y mucha experiencia en el campo de la epidemiología, a pesar de que estarían en la mejor posición para analizar la situación y proponer salidas constructivas.

Además, fueron censurados y difamados en los medios, plataformas y redes. El objetivo era imponer una única voz oficial. Pero esta voz no nos convenció en ninguno de sus puntos.

Para colmo, para nuestra sorpresa, comprobamos que el discurso en los distintos países del mundo era exactamente el mismo, sin cambiar ni un punto ni una coma, como si se tratara de un guión cuidadosamente planificado.

Hemos visto cómo todo este circo tenía como objetivo una misma cosa: la vacunación masiva (junto con la introducción del pasaporte sanitario). Y nunca hemos entendido por qué habría que vacunar a todo el mundo contra un virus cuya letalidad es mínima y que, al ser variable y estacional, sería inútil al año siguiente.

Ahora se está empezando a vacunar incluso a los niños más pequeños. Muchos médicos tampoco entendían por qué se insistía tanto en la panacea de la vacuna cuando había otros tratamientos muy eficaces, probados, más baratos y con menos contraindicaciones (como la ivermectina).

Aunque nada de esto era seguro, muchos decidieron esperar a la tan esperada liberación del temido virus. Quizás había algo que aún no habíamos visto. Pasaron semanas, luego meses, ahora casi dos años. La devastadora y apocalíptica pandemia nunca llegó. Pero algo se instaló, no en los cuerpos de la gente, sino en sus mentes, gracias a la campaña de propaganda, gracias al terrorismo mediático que se llevó a cabo con increíble persistencia. Martillaron en la imaginación de la gente con tal persistencia que finalmente lograron insertar la narrativa de la pandemia.

Orden de exposición

En este ensayo intentaré mostrar la increíble similitud de la historia de la pandemia de Covid con las antiguas historias de las grandes religiones del pasado.

Esta realidad, para mí contundente, que el lector conocerá en detalle en la segunda parte del libro, nos muestra la desagradable verdad de que aún no hemos dejado atrás el oscurantismo medieval, la época retrógrada del absolutismo basado en el poder que emana de las narrativas oficiales. Nos muestra con un esplendor sin precedentes que la democracia o los derechos humanos son ahora una completa ficción, porque cualquier sistema de gobierno basado en el control totalitario es incompatible con la democracia.

Pero quizás lo peor de todo es que nos muestra el bajísimo y precario nivel mental de la población en general, cuyo infantilismo e ignorancia la dejan completamente a merced de la tiranía. Pero este ejercicio también tiene un lado positivo. Porque si levantamos el velo del engaño, podemos ver el camino que debemos seguir para llegar a una civilización democrática basada en los derechos humanos y digna de ese nombre. Si la tiranía o el despotismo se reinventan, es hora de que la democracia se reinvente. Y las oportunidades reales y actuales que ofrece la situación, por muy adversas que sean, son realmente maravillosas. Son tiempos de grandes cambios. Está por ver si es para mejor o para peor.

Como hemos mencionado antes, no se ha concluido ni se concluirá nada en la historia de la pandemia, por lo que sólo podemos asumir que es una cuestión de fe. No de ciencia.

Porque nada de la pandemia actual puede justificarse razonablemente con la ciencia basada en la evidencia. Así que la narrativa de la pandemia es una creencia, una entelequia mental, una superstición. Se supone que la gente no debe entender, sino creer.

Pero antes de abordar la pandemia como relato, es necesario exponer los argumentos científicos y médicos que cuestionan los elementos clave de la actual "emergencia de salud pública". Algunos lectores ya estarán familiarizados con estos argumentos, mientras que otros no estarán familiarizados con todos o parte de ellos.

Ambos necesitan esta primera parte por igual. Porque es necesario reunir toda esa información dispersa entre los restos de la censura y la prohibición, para simplificarla y hacerla claramente accesible a la gente. Y también para separar el trigo de la ciencia objetiva de todas las malas hierbas de las teorías, opiniones o conceptos impertinentes, y no adentrarse en ámbitos claramente dudosos que acaban por oscurecer en lugar de aclarar el verdadero panorama. Así que lo que sigue en la primera parte no es mi voz, sino la de los muchísimos médicos y científicos que se han tomado la molestia de investigar cada uno de los elementos de esta pandemia y han llegado a conclusiones científicas convincentes.

Esta es mi humilde manera de honrarlos. Una vez presentados los pilares básicos que remueven los cimientos de esta falsa pandemia, en la segunda parte analizaremos lo que ha pasado antes a la luz de lo que claramente es: una meganarrativa en la que todos estamos inmersos actualmente, en gran parte por decisión de las Naciones Unidas (ONU).

Aquí vemos un paralelismo entre la religión antigua, que se utilizaba como mecanismo de control social, y la medicina oficial moderna, que ahora es utilizada por las autoridades y desempeña exactamente el mismo papel en el siglo XXI que los relatos religiosos en la Edad Media.

Finalmente, en la tercera y cuarta parte, trataremos de encontrar una salida constructiva a todas estas cuestiones. Es realmente una ironía del destino que en el mismo momento en que la gente se jacta de haber superado y trascendido todas las narrativas y cosmovisiones ingenuas del pasado, se levante el telón de una narrativa pseudocientífica de esta magnitud en el siglo XXI. Una narrativa que no obedece ni a la ciencia ni a la razón, sino al mito y a la superstición masiva. Un mito que -como cualquier otro mito- no sobrevive ni medio minuto cuando los hechos se ponen sobre la mesa.

Algo, por tanto, que no se encuentra en ningún otro sitio que en la cabeza de la gente. Y si no lo invertimos a tiempo mediante un despertar generalizado, mediante una auténtica toma de conciencia y un compromiso activo, pero sobre todo mediante un debate científico libre, objetivo e imparcial, existe el grave peligro de que lo imaginario se convierta en realidad (continuará).